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¿Quién quiere más policía?

Las asociaciones vecinales de Oakland se venden a la policía comunitaria

Algunas organizaciones vecinales, que representan pocas voces, dicen hablar por todo Oakland al querer más policía, los brazos armados del Estado, en el lienzo de la ciudad. Partiendo del eufemismo de la promoción de “policía comunitaria”, los grupos ciudadanos en pro de la policía están impulsando una iniciativa para las elecciones de noviembre, para agregar más de 120 policías al Departamento de Policía de Oakland, después de luchar en contra de una iniciativa de marzo que hubiera agregado sólo 30 nuevos elementos.

La presencia creciente de la policía no hace nada para abordar los miedos de la gente, porque la policía responde sólo a su propia agenda, cuyas tácticas básicas para mantener a la gente “en línea” son el miedo y la falta de poder ciudadano. Afortunadamente existen modelos viables de patrullas comunitarias que aumentan la seguridad de los barrios de manera independiente de la red policiaca del Estado. Podemos remitirnos a ejemplos de grupos como Black Panthers y patrullas de barrios llamadas “playeras rosas” (“pink shirts”) para formular una respuesta que mire hacia adelante, frente a las chavacanerías represivas, sin creatividad y pro-policiacas, que sirve tan bien al Estado.

¿Quién quiere más policías? A pesar de las incontables maneras creativas en que la gente está organizada y activa en sus comunidades, son las organizaciones vecinales conservadoras —como la Asociación de Votantes de Oakland del Norte, la Asociacion de Vecinos de North Lake, etc— quienes tienen relación directa con el Consejo de la Ciudad de Oakland y el Departamento de Policía de Oakland. Las organizaciones vecinales que frecuentemente representan mínimos cortes de diversidad de los barrios, encubren a la policía al meter quejas como organizaciones vecinales “respetables” para eliminar faltas al orden público. No es de sorprenderse que éste sea un frente activo en la guerra de clases, en la cual estas faltas van desde molestos ladrones de reciclaje y clubes nocturnos ruidosos, hasta comercio de drogas y otros actos destructivos clasificados bajo el título distorsionado de Violencia de Pandillas.

El establecimiento reciente de una legislación de desalojo por faltas al orden público, convierte a la policía comunitaria particularmente letal. Los propietarios ahora pueden desalojar a sus inquilinos por alterar el orden del barrio (por tener fiestas ruidosas, mucha gente alrededor de su casa, jardines sin arreglar, etc). Para las personas con libertad condicional, los desalojos por faltas al orden público son criminalizados y cuentan como segunda o tercera falta. No es de sorprenderse que la policia esté utilizando esta herramienta para someter a personas con libertad condicional a un escrutinio aún más intenso.

Es bastante obvio que el sistema de policía, corte, y prisión no está eliminando la violencia que parece ser parte integral de la vida en los barrios de Oakland. La creación de reglas no transforma o elimina una situacion repentinamente: los castigos no son soluciones. Desde luego, es en los comportamientos que los policías pretenden querer eliminar, donde están haciendo su dinero. La meta de los policías es tener más policías, no quedarse sin trabajo. La estructura de tickets, multas y lineamientos de libertad condicional, que ha aumentado hasta llegar al rugido constante de los helicópteros que circulan los getos, es simplemente una excusa para no abordar las situaciones inmediatas de vida o muerte: la gente es dirigida, incluso estimulada, a romper la ley, ya sea a través de actos graves o menores, para sobrevivir.

El propósito básico de la policía, desde luego, no es promover el bienestar general de los ciudadanos, sino maneter las dinámicas de poder en nuestra sociedad. Su concepto sospechoso de seguridad comunitaria se traduce en molestar a cualquiera que no encaje dentro del marco estrecho de comportamiento apropiado. Afortunadamante la policía (el Estado) no tiene recursos ilimitados, y es aquí en donde “policía comunitaria” encaja como un eufemismo bizarro que nos hace hacer su trabajo sucio: coaptar el deseo legítimo de la gente de tener seguridad. ¡Reporten el comercio de drogas! ¡Denuncien a personas sospechosas! Participen, llamen a la policía! Al mismo tiempo, policía comunitaria implica que somos malos vecinos, malos barrios, malos ciudadanos con tendencias a la criminalidad si no “sapeamos” a nuestros vecinos.

Cuando pasa algo serio, la respuesta de la policía está basada sólidamente en la misma cultura de violencia que en principio creó el desastre. La gente en las pandillas, la gente que comete “crímenes” es sólo eso, gente que a pesar de la vida romantizada a través de los medios puede estar buscando una familia y sentido de pertenencia. Los miembros de pandillas son reflejados de manera estereotípica inflada hasta parecer máquinas inhumanas de violencia, miedo, resentimiento y falta de poder para todos. Toma mucho romper un corazón, pero el Estado policiaco estimula activamente la cultura de la violencia: violencia incontrolable de la policía, la mentalidad de la policía por sí misma y el sistema de plantación de prisiones. Si todos, la gente en las pandillas, la gente que les tiene miedo, la gente que sólo las conoce por la televisión, tuviera poder, no estaríamos en esta situación.

Vivimos atorados en este ciclo, pero no tenemos que estar aquí. Hay modelos viables de seguridad real que provienen del saber que puedes lidear con situaciones en tu barrio sin acudir a otra banda violenta: la policía. La respuesta a la policía comunitaria son las patrullas comunitarias anti-policía y pro-gente, que cuentan con una historia amplia y variada. Algunos grupos como Black Panthers y CopWatch, se han enfocado en patrullar a la policía, estableciendo un control comunitario de la policía en lugar de dejar que la policía controle a la comunidad. Hay innumerables grupos que funcionan a través del modelo de “playeras rosas” que se usa frecuentemente para proteger a gente queer, y que consisten en grupos pequeños de gente que van juntos para proveer una alternativa de seguridad visible frente a la policía. Mujeres Libres en Condega, Nicaragua, son un grupo de Mujeres que provee apoyo a situaciones de violencia doméstica, al confrontar a los perpetradores en su sitio de trabajo para asegurarse que la violencia no continúe en casa. La Nación de Islam tiene una red de fuerzas de seguridad en todos las ciudades de Estados Unidos que provee seguridad en situaciones donde la policía o seguridad contratada se utilizaría normalmente. Girl Army es otro grupo de autodefensa que enfatiza el control personal en lugar de depender de fuerzas externas.

Mientras trabajamos para crear modelos adecuados para nuestra comunidad, hay una serie de preguntas a considerar: ¿Hasta qué grado la violencia o la no-violencia es útil para las patrullas comunitarias? ¿Dónde está la línea entre patrullas comunitarias y vigilantismo? ¿Cómo podemos crear poder personal y comunitario sin convertirnos en capataces? ¿Podemos realmente hacer que las patrullas comunitarias aseguren la seguridad y dar bienvenida a todos en el barrio en lugar de caer en la exclusion de cierta gente basada en las mismas normas agotadas que nos plagan en la actualidad? ¿Podemos ganar el juego mental de la policía y ver al comercio de drogas como lo que es, una transacción no violenta? ¿Podemos estimular una cultura de disminución de daños en lugar de autodestrucción? La organización comunitaria es raramente simple. Nada sustituye el conocer y respetar a nuestros vecinos, a todos. Charlar con 5 o 10 personas con quienes nos sentimos cómodos, no niega la necesidad de construir puentes con gente que parece muy distinta a nosotros pero que vive a unas cuantas casas de la nuestra. Afortunadamente las patrullas comunitarias cuentan con una historia rica y variada que permite que sean un foco práctico para la organización comunitaria. Son una buena respuesta orientada a la acción frente a la impotencia liberal de “trabajé en las escuelas, participé voluntariamente en el centro recreativo y siguen vendiendo drogas al otro lado de la calle!”

Las patrullas comunitarias estimulan a que la gente participe en las mismas calles que temen, las calles que caminan todos los días. Tienen el potencial tanto de tener efecto directo en la mejoría de la vida de la gente como un cambio estructural dentro del sistema al cuestionar el poder y relevancia de la policía. En vecindarios tan diversos como los de Oakland, la organizacion radical alrededor de la seguridad comunitaria tiene el potencial de abordar la cultura de la violencia que perpetúa homicidios, racismo y clasismo; que sostiene las quejas contra clubes nocturnos ruidosos y ladrones de reciclaje, y controla el Estado policiaco en nuestras vidas. Podemos rechazar la estupidez de la policía comunitaria, porque el camino de las alternativas viables está despejado.